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Por Holger García
En algún lugar leí acerca de una famosa pareja ocultista que estaba muy interesada en conocer los misterios de la muerte. Entre los dos hicieron un pacto, tomando el compromiso que el primero en morir vendría a contarle a su cónyuge que había más allá exactamente. La primera en morir fue la esposa y él esperó una respuesta -que jamás nunca llegó-.
Cuando oí esa historia me recorrió un frío de pies a cabeza. Nunca hubiera querido estar en los zapatos de ninguno de los dos. Alguien también sugirió que el “terribilizar” conduce a la depresión, pero esta es la única palabra adecuada para referirse a la pérdida del alma. ¡Es terrible perder el alma! Ninguna pérdida es real al lado de esta gran pérdida. Jesús lo dijo en esta forma: “¿de que le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”.
Si la mayor pérdida es la del alma, asimismo la mayor ganancia es ganar el alma. Esto es lo que se llama salvación. No es posible aquilatar el valor del alma sino a través de la muerte de Cristo en la Cruz del Calvario. Aparte de esta tasación no hay otra manera de saber cuanto vale un alma. Dios pagó el máximo precio por el alma, dio la vida de Su Hijo por cada uno de nosotros. Esa es la razón que nos debe mover a inquietar la vida de nuestros semejantes preguntándoles osadamente “¿has ganado tu alma?”
La mayoría de las personas especulan respecto de lo que sucede después de morirse. Unos sugieren que, cesando la vida, esa persona ya no existe más en ningún lugar. Entonces “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Otros confían en haber sido buenos a su manera y que, si Dios existe y es realmente bueno y justo, El tendrá que aceptarlos en Su morada celestial. Otros más temerariamente dicen “que me importa donde pasaré la eternidad, estoy demasiado ocupado aquí para gastar el tiempo pensando en lo que no puedo, en ninguna manera, estar seguro”.
Algo parecido, y fuera de toda lógica, ocurre al despedir los muertos en el cementerio. Se exalta su vida al máximo contando sus méritos más resaltantes. Un amigo me decía, “no hay muerto malo”. Este proceder busca en alguna manera conformidad, es como decirle a Dios “tendrás que tener en cuenta mi opinión a favor del fallecido”. Son tantas las ocurrencias en este sentido que sería de no acabar.
Lo categórico aquí es que Jesús tiene la última palabra al respecto, ya que es el único que se ha levantado de entre los muertos, “...Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mi aunque esté muerto vivirá” (Juan 11:25).
La labor evangelística, de los que estamos convencidos y proclamamos esta gloriosa salvación, tendrá toda la vida sus grandes detractores. El proverbista dice: “El hombre sabio gana almas”.
Que Dios bendiga todo ese equipo de hijos suyos que aprecian el valor del alma y que se ocupan de hacer la obra que el Señor les ha asignado.
Holger García es fundador y director nacional de Centro de Liderazgo Misionero. Ha desempeñado labores misioneras en diversas regiones de Colombia y actualmente desarrolla una intensa obra de capacitación y multiplicación de líderes cristianos en Chile.

 



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