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Todo rey ha fallado. Todo rey ha mentido, todo rey ha robado, todo rey ha derramado sangre inocente; todo rey ha esclavizado con violencia, todo rey ha dejado de lado el gobierno para ocuparse de vanidades personales. Todo rey ha abandonado a su pueblo.

Soldados, cientos, miles, millones de soldados, perdidos. Familias rotas, vidas truncadas. Cada día, al trabajo, bajo el yugo de reyes indignos. Bajo el sol sofocante, en el frío húmedo de las calles, empapados en el sudor de la noche, caminando hacia una batalla por migajas de vida. Y mientras caminan, en lo más profundo de su corazón, clama una voz que dice: “necesito un Rey que sí pueda seguir, un Líder que realmente me de algo por lo que vivir, un Señor por el que pueda morir, pero que jamás me pediría que matara en su Nombre; un Rey noble, que de su vida por su pueblo; un Rey de servicio, de ejemplo, y de verdad. Un Rey que pueda ofrecer tesoros por los que valga la pena sufrir con la frente en alto y una sonrisa, aún en dolor, incluso bajo tortura. Un Rey con el que pueda tener audiencia en cualquier momento del día. Un Rey que pueda ofrecer tesoros más hermosos que cualquiera que se pueda exhibir en vitrinas, tesoros que perduren por siempre.”

Ese Rey existe Y está enrolando, ahora. El requisito para ser parte de su ejército es entregar la vieja vida, ese uniforme pesado y sucio. Él a cambio da una vida nueva, de ropas frescas y blancas; y también una armadura liviana, y un escudo, y una espada. Y compañeros de armas capaces de ponerse en la brecha por ti. Y las promesas que hace, sí las cumple.

Su Nombre quiere decir: Dios Salva.
 


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