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Tener una percepción divina ayuda en la manera en que usted ve a su familia, a su trabajo, a sus hijos, a su cónyuge, a sus amigos y a Dios. Las percepciones también determinan cómo usted interactúa en sus relaciones personales.
Su hijo puede tener un potencial muy grande, pero si nunca lo busca, talvez nunca lo descubra. Y nuestro fracaso en ver dicho potencial puede iniciar patrones destructivos en la manera de pensar del pequeño.

El primer paso es quitar los anteojos opacos de nuestros ojos para que podamos ver las cosas desde la perspectiva de Dios. En la analogía de Jesús, antes de remover la paja del ojo del hermano, hay que remover la viga del propio (Lucas 6:42). Se sugiere que no tenemos una percepción verdadera para ayudar a otros hasta que podemos ver claramente al remover aquello que bloquea nuestra visión.

La labor del Maligno es reprogramar y torcer nuestra percepción (2 Corintios 4:4). Nos enceguece y nos pinta una imagen sin esperanza para que eventualmente perdamos nuestra perspectiva.

El trabajo de Dios comienza con la corrección de nuestra perspectiva. Cuando Dios comienza a trabajar con un individuo, casi siempre comienza con su percepción. De todas las sanidades que Jesús hizo, sanó de la ceguera más que cualquier otro tipo de enfermedades registradas en el Nuevo Testamento. De todos aquellos que Jesús usó en la Biblia, Jesús es el único que sanó a los ciegos. Esto no solo tiene implicaciones físicas, sino espirituales y sicológicas también.

Dios es un experto en darle vista a los ciegos en cada aspecto de su vida. Dios puede ayudarlo a cambiar su forma de ver el mundo, su percepción y, en última instancia, la forma en que usted reacciona al mundo que le rodea.

Cuando tenemos un cambio radical en nuestra percepción, las escamas se caen y podemos ver nuestra vida como verdaderamente es. Podemos ver el plan de Dios y sus bendiciones para nosotros a medida que lo buscamos a El. Podemos usar el gran potencial que ha permanecido adormecido por años. Una vez que nuestra visión es clara, podemos movernos hacia la recuperación y vivir la vida como Dios quiso que viviéramos.

Tal vez se pregunte “¿Qué cosas son las que bloquean nuestra visión y afectan nuestra percepción?” Son patrones de pensamiento y de comportamiento inscritos en nuestra mente, alma y espíritu. Es la forma como pensamos. Y la manera como pensamos determina fuertemente quiénes y qué somos.

Dios tiene la habilidad de encender la luz. El puede ayudarlo a cambiar sus percepciones. Nuestro reto es dejar el anteojo opaco a un lado. Permita que Dios lo asista en cambiar la manera como piensa. No puede hacerlo solo. Recuerde, es una sociedad. Dios tiene el poder; pero usted tiene libre voluntad. La elección es suya.

En resumen, el primer paso es reconocer que se tiene un problema. No se puede ayudar a alguien incapaz de reconocer su debilidad. Segundo, quítese el anteojo opaco y mírese a sí mismo como es realmente. Sea sincero, sea honesto. Hágalo bien no solo para sí mismo, sino también para sus hijos, para los hijos de sus hijos y para cada generación que seguirá.

Jesús ha venido para dar libertad a los cautivos. Sus circunstancias no importan. Su pasado no hace la diferencia a la luz de quién es Dios.

Si está cautivo y desea un cambio, coloque su confianza en el Salvador. Hay esperanza en Jesús. Eso comienza con un encuentro, muy parecido al que Moisés tuvo con Dios al lado de una zarza ardiente. Dios no requiere que cambie por sí mismo antes de venir a El. El venir a El y conocerlo es lo que cambiará su vida.

 



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